jueves, 16 de febrero de 2017

La montaña dormida V

Roger Schulz, en la soledad de su despacho, escribía en una pequeña libreta de cubierta dorada. Pocos conocían el lenguaje que empleaba junto a pequeños dibujos y símbolos que impregnaban los márgenes de las hojas. Se tomaba su tiempo deslizando suavemente la pluma sobre el papel, perfilando cada curva, cada signo. Un golpe en la puerta rompió su concentración. A un gesto suyo, se abrió sin que nada o nadie pareciese haberla tocado y un hombre entró con paso firme.  Unos pocos metros bastaron para que ambas miradas se cruzaran fijamente. En la intensidad de la batalla por aguantarse la mirada, una fría voz inquietó a Schulz, aunque no lo suficiente para que aflorara en su rostro. Lentamente alzó una mano para invitarlo a tomar asiento, pero su oferta fue declinada.
El encuentro entre ambos era cada vez más difícil. Schulz intuía un final cercano y la furia que podía leer en sus malvados ojos solo significaba un porvenir turbulento. No siempre había sido así, no siempre había reflejado una mirada feroz henchida de orgullo ni una decepción y rencor que minaron el amor del pasado. Desde su primer encuentro, el conocimiento y respeto mutuo los unió hasta que la ambición en pos de sueños locos los fue separando irremediablemente.
A penas era un niño cuando lo recogió una fría noche junto a un montón de basura. Parecía un bulto más entre las bolsas acumuladas, cubierto por una fina capa de humedad y escarcha. Con cuidado lo estrechó entre sus brazos procurando tenerlo abrigado junto a su pecho. Acelerando el paso, llegó a su casa donde inmediatamente preparó un baño de agua caliente para reanimar aquel cuerpo que apenas daba señales de vida.
Aún encogido en la bañera, su rostro fue poco a poco recobrando el color de sus mejillas y, por primera vez, pudo ver con total claridad sus ojos. La inocencia y la curiosidad de la infancia no habían desaparecido a pesar de la dureza de la calle; sin embargo, si te adentrabas en la profundidad de ese verde intenso, un turbulento torbellino de sentimientos en ellos avisaba de un peligro, de un alma que se negaba a distinguir entre el bien y el mal. Creyó haberse equivocado, pero la alarma que resonaba en su cabeza se negaba a olvidarlo: no confundas confusión con desconocimiento, el sujeto de una voluntad poderosa no distingue entre actos buenos y malos, solo en la culminación de objetivos impuestos a su capricho. Palabras leídas en algún viejo libro que resonaron largo tiempo en su cabeza mientras el niño abandonaba la niñez para abrazar una adolescencia que adolecía de falta de compañía, pero rebosaba de ansia de conocimiento. Ignoró las señales durante años debido a su propio egoísmo pues sus largos viajes en busca de saberes ancestrales confinaron al niño en una jaula dorada sin referente en el que apoyarse.
Hubo un tiempo de tregua entre tantas acusaciones y excusas. Una sonrisa de tristeza afloraba en su rostro cuando traía a su mente tan felices recuerdos. No era capaz de recordar ningún otro con semejante sentimiento, ni siquiera cuando lo sobrenatural dejó de ser un estudio sobre papel. La magia los unió, el dominio de la misma les enfrentó y la locura los separó.
Ahuyentó los viejos fantasmas del pasado y se concentró en el presente, en una conversación que parecía tornarse en la última entre ellos. Cerró su libreta, musitó unas palabras e invitó a hablar a su hijo…

 Emaleth

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